Hay una frase que escucho tanto que la pondría enmarcada en la entrada.
«Es que yo no soy nada flexible».
Y la segunda, que viene detrás como si fueran de la mano: «me da corte que me vean».
Te voy a decir algo que no queda nada bien en un negocio de yoga: esa vergüenza no es tonta. Ni exagerada. Tiene toda la lógica del mundo.
Lo que pasa es que está construida sobre una idea del yoga que no se parece en nada a lo que ocurre en una sala de verdad.
De dónde sale esa vergüenza (y no, no es culpa tuya)
Busca «yoga» en cualquier red social.
Lo que sale es un cuerpo de veintitantos, delgado y elástico, haciendo una postura imposible en una playa con la luz perfecta.
Llevamos diez años mirando eso. Es normal que se te haya quedado la idea de que el yoga es un sitio donde se exhibe un cuerpo.
Y si el tuyo no se parece a ese —porque tienes cincuenta y dos años, porque te operaron de la rodilla, porque has tenido dos hijos o sencillamente porque eres una persona normal—, lo lógico es concluir que ahí no pintas nada.
El problema no es tu vergüenza.
El problema es que has visto fotos de yoga. Que es otra cosa distinta del yoga.
Lo que pasa de verdad en la sala
Te describo una clase mía un martes cualquiera en Donostia.
Hay gente de treinta y gente de setenta. Hay quien está en el suelo y quien está en una silla. Hay alguien que hoy hace media serie porque viene con la espalda regular.
La mayor parte del tiempo estamos con los ojos cerrados.
En algún momento alguien se ríe porque se ha liado con la coordinación. A los diez segundos se lía otra. Y a los veinte, yo.
Nadie mira a nadie. Y no es por educación: es que no hay tiempo. Cuando estás contando una respiración y llevando el ritmo con los brazos, lo último que te ocupa la cabeza es qué hace la de al lado.
Y hay una cosa más que casi nadie cuenta: la sala está en penumbra buena parte de la clase.
No es decoración. Es que a oscuras el cuerpo se suelta antes.
Esa es la diferencia entre una clase de yoga y un gimnasio con espejos.
Aquí no hay espejos. Es una decisión, no un descuido.
La flexibilidad no es el requisito. Es, con suerte, el resultado
Decir «no puedo hacer yoga porque no soy flexible» es como decir «no voy al médico porque estoy malo».
La flexibilidad es una de las cosas que se trabajan. No es el billete de entrada.
Y en Kundalini ni siquiera es el centro. Aquí se trabaja sobre todo con respiración, movimiento repetido y secuencias con un efecto concreto sobre el sistema nervioso. Hay series enteras en las que no te levantas del sitio.
Te lo digo de otra manera.
En mi clase hay personas que llevan cuatro años viniendo y siguen sin tocarse los pies con las manos. Y les da exactamente igual.
Porque no vinieron a tocarse los pies. Vinieron a dormir mejor, a dejar de tener la mandíbula apretada o a tener una hora a la semana que sea suya y de nadie más.
De esto va también el artículo sobre autoestima corporal: dejar de pelearte con tu cuerpo es el trabajo, no el requisito previo.
Tu cuerpo no tiene que aprobar un examen para entrar por la puerta.
Lo que sí te va a pasar los primeros días
Si te prometo que todo va a ser cómodo, te estoy mintiendo.
Va a haber cosas raras. Y saberlas de antemano quita la mitad del apuro.
Te vas a equivocar de lado. Todo el mundo. Yo también, dando clase.
Te vas a cansar antes de lo que esperabas. El Kundalini engaña: parece suave y de repente hay una serie que te deja sudando sin moverte del sitio.
Va a haber un momento con sonido. Se canta un mantra breve al principio y al final. La primera vez da corte. Puedes limitarte a escuchar, y nadie te va a decir nada.
Y puede que se te salte alguna lágrima en la relajación final. Le pasa a mucha más gente de la que te imaginas. No significa que estés mal. Significa que has aflojado.
Un apunte serio, que aquí no me ando con bromas: si arrastras una lesión, un embarazo, tensión alta, un problema de corazón o cualquier cosa que estés tratando, dímelo antes de empezar. No para dejarte fuera, sino para adaptarte la práctica. Y si tu médico te ha marcado límites, mandan ellos. El yoga acompaña; no sustituye a un tratamiento.
Escribí una lista más larga de estas verdades incómodas en cosas que nadie te dice antes de empezar.
Lo raro no es que pasen. Lo raro sería que no pasaran.
La vergüenza caduca: dos clases
Esto lo llevo midiendo a ojo años y es sorprendentemente constante.
Primera clase: estás pendiente de todo. De si lo haces bien, de si se nota que eres nueva, de dónde poner la esterilla.
Segunda clase: ya sabes dónde está el baño, dónde se dejan los abrigos y con qué mantra se empieza. La cabeza se queda con espacio libre.
Tercera clase: te has olvidado de que eres nueva.
Dos clases. Ese es el peaje entero.
Y te sorprendería la cantidad de gente que se queda en la puerta por no pagar un peaje de dos clases.
Hace un par de años empezó una mujer de sesenta y uno, del Antiguo. Vino la primera tarde con la esterilla todavía en la bolsa del súper y se colocó en la última fila, pegada a la pared.
En la segunda clase ya se había traído su propia manta.
Al mes me dijo, mientras se ataba las zapatillas: «Vine convencida de que iba a ser la torpe de la clase. Y resulta que aquí no hay clase de torpes».
Sigue viniendo. Y sigue sin tocarse los pies.
Y si lo que no quieres es bajar al suelo
Aquí hay una solución práctica que mucha gente no sabe que existe: el yoga en silla.
No es la versión descafeinada para quien no puede con la buena.
Es una práctica completa —respiración, movilidad, meditación, trabajo de columna— hecha desde una silla. Funciona igual de bien. Y para determinados cuerpos y determinados días, funciona mejor.
Si lo que te frena es la imagen de levantarte del suelo delante de gente, esto lo resuelve entero.
No es una rebaja. Es otra puerta de entrada.
En un retiro la vergüenza dura todavía menos
Parece contradictorio, lo sé. Si te da corte una clase de una hora, ¿cómo te vas a ir tres días?
Pues precisamente por eso.
En una clase suelta entras, lo haces como puedes y te vas corriendo. No da tiempo a que se te quite el apuro.
En tres días de retiro en octubre practicas seis o siete veces. Preguntas lo que quieras sin público. Repites hasta que el cuerpo reconoce la serie.
Y, sobre todo, ves con tus propios ojos que las demás también se lían.
Suma que hay una sesión entera en silla y que las actividades no son obligatorias. Si un día no quieres practicar, no practicas. Aquí nadie lleva la cuenta.
Y hay algo que en una clase de una hora no llegas a ver: cómo cambia tu propio cuerpo de la primera práctica del viernes a la del domingo. No en flexibilidad. En cómo te sientas, en cómo respiras, en cómo duermes.
Tres días hacen en una tarde lo que una clase semanal tarda un mes en hacer.
Lo único que de verdad hace falta
Ni flexibilidad. Ni experiencia. Ni ropa técnica. Ni un cuerpo concreto.
Hace falta que te aguantes veinte minutos de sentirte torpe.
Eso es todo. No hay más.
Y si te sirve de consuelo: esa sensación de torpeza es exactamente la misma que tuvimos todas las que ahora estamos en la fila de delante. Yo incluida.
Si quieres probar sin comprometerte a nada, ven a tu primera clase en Donostia y lo compruebas en una hora.
Veinte minutos de apuro a cambio de lo que viene después. El cambio sale a cuenta.
Preguntas frecuentes
¿Necesito ser flexible para empezar yoga?
No. La flexibilidad es uno de los efectos de la práctica, no un requisito previo. En Kundalini Yoga el trabajo se apoya sobre todo en la respiración y el movimiento repetido, no en posturas extremas.
¿Se nota mucho que eres nueva en una clase de yoga?
Mucho menos de lo que crees. La mayor parte de la práctica se hace con los ojos cerrados y cada persona está a lo suyo. La sensación de ser observada suele desaparecer en la segunda clase.
Tengo sobrepeso o no me muevo desde hace años, ¿puedo ir?
Sí. Toda la práctica tiene variantes y existe la opción de hacer la clase en silla. Lo importante es avisar al principio de cualquier limitación para poder adaptar la sesión.
¿Qué pasa si no puedo hacer una postura?
No pasa nada: se hace la variante o se descansa. Parar cuando el cuerpo lo pide no es abandonar la clase, es practicar con criterio.
¿Hay que cantar en Kundalini Yoga?
Se canta un mantra breve al inicio y al cierre, pero nadie está obligado. Se puede escuchar en silencio hasta que apetezca participar.
¿Es mejor empezar en una clase o en un retiro?
Las dos opciones funcionan. Una clase suelta cuesta menos y compromete menos; un retiro permite practicar varias veces seguidas, y eso hace que la vergüenza inicial se disuelva mucho antes.
Glosario — términos de este artículo
Variante adaptada: versión modificada de un ejercicio para ajustarlo a una limitación física o a un nivel concreto. No es una versión menor: es la misma práctica con otro punto de apoyo.
Kriya: secuencia completa de Kundalini Yoga con un efecto determinado. Su eficacia depende de la repetición y la respiración, no de la amplitud del movimiento.
Mantra: sonido o frase que se repite al comienzo y al final de la práctica. Participar es opcional; escuchar también cumple su función.
Yoga en silla: práctica completa realizada sentada. Indicada para limitaciones articulares, problemas de espalda, edad avanzada o simple preferencia.
Savasana: relajación final tumbada boca arriba. Es frecuente que en ella aparezcan emociones: es un signo de que el sistema nervioso ha bajado de revoluciones.
Autoestima corporal: relación que se mantiene con el propio cuerpo. En la práctica se trabaja por la vía de la sensación y no del aspecto, que es lo que la hace sostenible.
Propiocepción: percepción de la posición del propio cuerpo. Es la habilidad que más mejora en las primeras semanas de práctica, mucho antes que la flexibilidad.
Nivel: concepto de gimnasio con poca utilidad en yoga. En una misma sala conviven personas con recorridos muy distintos haciendo la misma serie con apoyos diferentes.
Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa
Si llevas meses pensando «algún día probaré» y lo único que te frena es el apuro del primer día, ya sabes lo que dura.
Dos clases.
No hace falta que llegues lista. Solo que llegues.
Y si prefieres quitártelo de encima de golpe, en el retiro del 9 al 12 de octubre en Aralar hay práctica diaria, sesión en silla y grupo pequeño.
Escríbeme: “SOY NUEVA”. Sin compromiso y sin que nadie se entere.
Te espero en la última fila, que es donde empezamos todas.
— Isabel
Retiro de otoño · Plazas limitadas
Tres días para bajar de revoluciones
Del 9 al 12 de octubre, en un caserío del siglo XVI al pie de las peñas de Aralar, a media hora de Donostia. Yoga, montaña y ningún sitio al que llegar corriendo.
9–12 de octubre330 € · todo incluido
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