«Me da vergüenza»: la verdad sobre ser la nueva en una clase de yoga

«Me da vergüenza»: la verdad sobre ser la nueva en una clase de yoga

Hay una frase que escucho tanto que la pondría enmarcada en la entrada.

«Es que yo no soy nada flexible».

Y la segunda, que viene detrás como si fueran de la mano: «me da corte que me vean».

Te voy a decir algo que no queda nada bien en un negocio de yoga: esa vergüenza no es tonta. Ni exagerada. Tiene toda la lógica del mundo.

Lo que pasa es que está construida sobre una idea del yoga que no se parece en nada a lo que ocurre en una sala de verdad.

De dónde sale esa vergüenza (y no, no es culpa tuya)

Busca «yoga» en cualquier red social.

Lo que sale es un cuerpo de veintitantos, delgado y elástico, haciendo una postura imposible en una playa con la luz perfecta.

Llevamos diez años mirando eso. Es normal que se te haya quedado la idea de que el yoga es un sitio donde se exhibe un cuerpo.

Y si el tuyo no se parece a ese —porque tienes cincuenta y dos años, porque te operaron de la rodilla, porque has tenido dos hijos o sencillamente porque eres una persona normal—, lo lógico es concluir que ahí no pintas nada.

El problema no es tu vergüenza.

El problema es que has visto fotos de yoga. Que es otra cosa distinta del yoga.

Lo que pasa de verdad en la sala

Te describo una clase mía un martes cualquiera en Donostia.

Hay gente de treinta y gente de setenta. Hay quien está en el suelo y quien está en una silla. Hay alguien que hoy hace media serie porque viene con la espalda regular.

La mayor parte del tiempo estamos con los ojos cerrados.

En algún momento alguien se ríe porque se ha liado con la coordinación. A los diez segundos se lía otra. Y a los veinte, yo.

Nadie mira a nadie. Y no es por educación: es que no hay tiempo. Cuando estás contando una respiración y llevando el ritmo con los brazos, lo último que te ocupa la cabeza es qué hace la de al lado.

Y hay una cosa más que casi nadie cuenta: la sala está en penumbra buena parte de la clase.

No es decoración. Es que a oscuras el cuerpo se suelta antes.

Esa es la diferencia entre una clase de yoga y un gimnasio con espejos.

Aquí no hay espejos. Es una decisión, no un descuido.

La flexibilidad no es el requisito. Es, con suerte, el resultado

Decir «no puedo hacer yoga porque no soy flexible» es como decir «no voy al médico porque estoy malo».

La flexibilidad es una de las cosas que se trabajan. No es el billete de entrada.

Y en Kundalini ni siquiera es el centro. Aquí se trabaja sobre todo con respiración, movimiento repetido y secuencias con un efecto concreto sobre el sistema nervioso. Hay series enteras en las que no te levantas del sitio.

Te lo digo de otra manera.

En mi clase hay personas que llevan cuatro años viniendo y siguen sin tocarse los pies con las manos. Y les da exactamente igual.

Porque no vinieron a tocarse los pies. Vinieron a dormir mejor, a dejar de tener la mandíbula apretada o a tener una hora a la semana que sea suya y de nadie más.

De esto va también el artículo sobre autoestima corporal: dejar de pelearte con tu cuerpo es el trabajo, no el requisito previo.

Tu cuerpo no tiene que aprobar un examen para entrar por la puerta.

Lo que sí te va a pasar los primeros días

Si te prometo que todo va a ser cómodo, te estoy mintiendo.

Va a haber cosas raras. Y saberlas de antemano quita la mitad del apuro.

Te vas a equivocar de lado. Todo el mundo. Yo también, dando clase.

Te vas a cansar antes de lo que esperabas. El Kundalini engaña: parece suave y de repente hay una serie que te deja sudando sin moverte del sitio.

Va a haber un momento con sonido. Se canta un mantra breve al principio y al final. La primera vez da corte. Puedes limitarte a escuchar, y nadie te va a decir nada.

Y puede que se te salte alguna lágrima en la relajación final. Le pasa a mucha más gente de la que te imaginas. No significa que estés mal. Significa que has aflojado.

Un apunte serio, que aquí no me ando con bromas: si arrastras una lesión, un embarazo, tensión alta, un problema de corazón o cualquier cosa que estés tratando, dímelo antes de empezar. No para dejarte fuera, sino para adaptarte la práctica. Y si tu médico te ha marcado límites, mandan ellos. El yoga acompaña; no sustituye a un tratamiento.

Escribí una lista más larga de estas verdades incómodas en cosas que nadie te dice antes de empezar.

Lo raro no es que pasen. Lo raro sería que no pasaran.

La vergüenza caduca: dos clases

Esto lo llevo midiendo a ojo años y es sorprendentemente constante.

Primera clase: estás pendiente de todo. De si lo haces bien, de si se nota que eres nueva, de dónde poner la esterilla.

Segunda clase: ya sabes dónde está el baño, dónde se dejan los abrigos y con qué mantra se empieza. La cabeza se queda con espacio libre.

Tercera clase: te has olvidado de que eres nueva.

Dos clases. Ese es el peaje entero.

Y te sorprendería la cantidad de gente que se queda en la puerta por no pagar un peaje de dos clases.

Hace un par de años empezó una mujer de sesenta y uno, del Antiguo. Vino la primera tarde con la esterilla todavía en la bolsa del súper y se colocó en la última fila, pegada a la pared.

En la segunda clase ya se había traído su propia manta.

Al mes me dijo, mientras se ataba las zapatillas: «Vine convencida de que iba a ser la torpe de la clase. Y resulta que aquí no hay clase de torpes».

Sigue viniendo. Y sigue sin tocarse los pies.

Y si lo que no quieres es bajar al suelo

Aquí hay una solución práctica que mucha gente no sabe que existe: el yoga en silla.

No es la versión descafeinada para quien no puede con la buena.

Es una práctica completa —respiración, movilidad, meditación, trabajo de columna— hecha desde una silla. Funciona igual de bien. Y para determinados cuerpos y determinados días, funciona mejor.

Si lo que te frena es la imagen de levantarte del suelo delante de gente, esto lo resuelve entero.

No es una rebaja. Es otra puerta de entrada.

En un retiro la vergüenza dura todavía menos

Parece contradictorio, lo sé. Si te da corte una clase de una hora, ¿cómo te vas a ir tres días?

Pues precisamente por eso.

En una clase suelta entras, lo haces como puedes y te vas corriendo. No da tiempo a que se te quite el apuro.

En tres días de retiro en octubre practicas seis o siete veces. Preguntas lo que quieras sin público. Repites hasta que el cuerpo reconoce la serie.

Y, sobre todo, ves con tus propios ojos que las demás también se lían.

Suma que hay una sesión entera en silla y que las actividades no son obligatorias. Si un día no quieres practicar, no practicas. Aquí nadie lleva la cuenta.

Y hay algo que en una clase de una hora no llegas a ver: cómo cambia tu propio cuerpo de la primera práctica del viernes a la del domingo. No en flexibilidad. En cómo te sientas, en cómo respiras, en cómo duermes.

Tres días hacen en una tarde lo que una clase semanal tarda un mes en hacer.

Lo único que de verdad hace falta

Ni flexibilidad. Ni experiencia. Ni ropa técnica. Ni un cuerpo concreto.

Hace falta que te aguantes veinte minutos de sentirte torpe.

Eso es todo. No hay más.

Y si te sirve de consuelo: esa sensación de torpeza es exactamente la misma que tuvimos todas las que ahora estamos en la fila de delante. Yo incluida.

Si quieres probar sin comprometerte a nada, ven a tu primera clase en Donostia y lo compruebas en una hora.

Veinte minutos de apuro a cambio de lo que viene después. El cambio sale a cuenta.

Preguntas frecuentes

¿Necesito ser flexible para empezar yoga?

No. La flexibilidad es uno de los efectos de la práctica, no un requisito previo. En Kundalini Yoga el trabajo se apoya sobre todo en la respiración y el movimiento repetido, no en posturas extremas.

¿Se nota mucho que eres nueva en una clase de yoga?

Mucho menos de lo que crees. La mayor parte de la práctica se hace con los ojos cerrados y cada persona está a lo suyo. La sensación de ser observada suele desaparecer en la segunda clase.

Tengo sobrepeso o no me muevo desde hace años, ¿puedo ir?

Sí. Toda la práctica tiene variantes y existe la opción de hacer la clase en silla. Lo importante es avisar al principio de cualquier limitación para poder adaptar la sesión.

¿Qué pasa si no puedo hacer una postura?

No pasa nada: se hace la variante o se descansa. Parar cuando el cuerpo lo pide no es abandonar la clase, es practicar con criterio.

¿Hay que cantar en Kundalini Yoga?

Se canta un mantra breve al inicio y al cierre, pero nadie está obligado. Se puede escuchar en silencio hasta que apetezca participar.

¿Es mejor empezar en una clase o en un retiro?

Las dos opciones funcionan. Una clase suelta cuesta menos y compromete menos; un retiro permite practicar varias veces seguidas, y eso hace que la vergüenza inicial se disuelva mucho antes.

Glosario — términos de este artículo

Variante adaptada: versión modificada de un ejercicio para ajustarlo a una limitación física o a un nivel concreto. No es una versión menor: es la misma práctica con otro punto de apoyo.

Kriya: secuencia completa de Kundalini Yoga con un efecto determinado. Su eficacia depende de la repetición y la respiración, no de la amplitud del movimiento.

Mantra: sonido o frase que se repite al comienzo y al final de la práctica. Participar es opcional; escuchar también cumple su función.

Yoga en silla: práctica completa realizada sentada. Indicada para limitaciones articulares, problemas de espalda, edad avanzada o simple preferencia.

Savasana: relajación final tumbada boca arriba. Es frecuente que en ella aparezcan emociones: es un signo de que el sistema nervioso ha bajado de revoluciones.

Autoestima corporal: relación que se mantiene con el propio cuerpo. En la práctica se trabaja por la vía de la sensación y no del aspecto, que es lo que la hace sostenible.

Propiocepción: percepción de la posición del propio cuerpo. Es la habilidad que más mejora en las primeras semanas de práctica, mucho antes que la flexibilidad.

Nivel: concepto de gimnasio con poca utilidad en yoga. En una misma sala conviven personas con recorridos muy distintos haciendo la misma serie con apoyos diferentes.

Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa

Si llevas meses pensando «algún día probaré» y lo único que te frena es el apuro del primer día, ya sabes lo que dura.

Dos clases.

No hace falta que llegues lista. Solo que llegues.

Y si prefieres quitártelo de encima de golpe, en el retiro del 9 al 12 de octubre en Aralar hay práctica diaria, sesión en silla y grupo pequeño.

Escríbeme: “SOY NUEVA”. Sin compromiso y sin que nadie se entere.

Te espero en la última fila, que es donde empezamos todas.

— Isabel

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Del 9 al 12 de octubre, en un caserío del siglo XVI al pie de las peñas de Aralar, a media hora de Donostia. Yoga, montaña y ningún sitio al que llegar corriendo.

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Baño de sonido con cuencos y gong: qué es, qué se siente y qué no te va a curar

Baño de sonido con cuencos y gong: qué es, qué se siente y qué no te va a curar

Hay algo que pasa en todos los baños de sonido. Todos. Y me hace gracia siempre.

Empieza la sesión. Suenan los primeros cuencos. Y a los dos minutos, en algún punto de la sala, alguien se pone a roncar.

No un poco. A roncar de verdad, con ganas, como quien lleva tres semanas durmiendo mal.

Cuando termina, esa persona abre los ojos y lo primero que dice, avergonzadísima, es: «perdona, creo que me he dormido».

No pasa nada. Eso no es un fallo: es información.

Te cuento qué es un baño de sonido, qué se siente exactamente, qué dice la evidencia y qué no te voy a prometer. Porque en este terreno se promete demasiado.

Qué es, dicho sin adornos

Te tumbas en el suelo sobre una esterilla. Manta encima, cojín debajo de las rodillas. Se apaga la luz o se baja mucho.

Y durante unos cuarenta minutos alguien hace sonar cuencos, un gong y algún instrumento pequeño alrededor de ti.

Tú no haces nada.

No hay postura que sostener. No hay respiración que contar. No hay mantra que recordar. Es de las poquísimas prácticas en las que la instrucción es, literalmente, «no hagas nada».

Lo de «baño» viene de ahí: el sonido te envuelve y tú te quedas dentro.

No es un concierto, porque no hay melodía que seguir. No es un masaje. Es más bien estar debajo de algo grande que suena.

Qué se siente de verdad

Prefiero contarte lo que dice la gente al terminar. Es bastante más útil que la teoría.

Los primeros minutos, impaciencia. Casi todo el mundo pasa por ahí. Te tumbas, te pica la nariz, te acuerdas de un correo sin contestar, piensas «esto no es para mí». Normal. El cuerpo tarda un rato en creerse que no hay nada que hacer.

Después, pesadez. La sensación más repetida es la de hundirse en el suelo, como si pesaras el doble. Los brazos dejan de ser tuyos del todo.

Con el gong, otra cosa. El gong no se escucha solo con los oídos. Se nota en el pecho, en el esternón, a veces hasta en los dientes. Ocupa tanto espacio que la cabeza no puede seguir hablando por encima. Ahí es donde mucha gente se va.

El «me he dormido» que no era dormirse. Es lo más común y lo más curioso. No estabas despierta, pero oías. No estabas dormida, pero soñabas un poco. Ese limbo es exactamente el sitio al que apunta la práctica.

Y al levantarse, torpeza. Se sale lento, con la boca pastosa y sin ninguna gana de hablar. Por eso estas sesiones no terminan con un aplauso: terminan con la gente sentándose despacio y bebiendo agua.

También te digo lo otro, porque pasa: a veces sale llanto. Sin motivo identificable y sin drama. La relajación profunda afloja cosas que llevaban tiempo sujetas, y a algunas personas eso les sale por los ojos.

No es una crisis. Se pasa. Y esa noche se duerme muy bien.

Qué dice la evidencia (y hasta dónde llega)

Voy a ser honesta, porque en este sector se dice cualquier cosa y nadie lo corrige.

Lo que sí está razonablemente documentado es esto: las sesiones de sonido de este tipo reducen la tensión percibida, el estado de ansiedad y el ánimo bajo justo después de la sesión. Y ayudan a entrar en relajación profunda con menos esfuerzo que una meditación clásica.

Los estudios existen. Son pequeños. Miden sobre todo lo que la propia gente reporta. Es evidencia modesta, pero consistente.

Y ahora lo que no está demostrado, y sin embargo se anuncia en carteles todo el rato.

Que determinadas frecuencias curen enfermedades. Que reparen el ADN. Que equilibren órganos concretos. Que sustituyan a un tratamiento médico.

Nada de eso lo sostiene ningún estudio serio. Si alguien te lo promete, desconfía y vete.

Mi lectura, después de bastantes sesiones: el baño de sonido es una herramienta excelente para lo que es —un atajo a la relajación profunda para gente a la que le cuesta parar— y una estafa cuando se vende como medicina.

Por qué funciona con quien «no sabe meditar»

Esta es la parte que más me interesa a mí como profesora.

Si te sientas a meditar con la mente acelerada, lo más probable es que te pases veinte minutos peleándote contigo misma y te levantes convencida de que «no sirves para esto».

Lo he visto mil veces. De eso hablo largo en el artículo sobre meditación para mentes que no paran.

El sonido resuelve ese problema por la puerta de atrás. No te pide concentración: te da algo continuo y envolvente a lo que la atención se agarra sola.

No tienes que dejar la mente en blanco. Es que el gong no deja sitio para mucho más.

Un ingeniero de 47 años vino a una sesión arrastrado por su mujer, con esa cara de «yo esto ya lo he visto venir». Al terminar tardó un rato largo en sentarse. Luego me dijo: «No sé qué ha pasado ahí dentro, pero llevaba años sin estar tan quieto.»

Por eso en un retiro el baño de sonido es siempre la actividad que más sorprende a los escépticos.

Cuencos, gong y campana: qué hace cada cosa

Los cuencos —de metal o de cuarzo— dan notas sostenidas y estables. Suelen abrir la sesión, para que el cuerpo se vaya soltando poco a poco y sin sobresaltos.

El gong es el instrumento grande y el que genera las experiencias más intensas. Su sonido es denso y cambiante, y se percibe tanto por el oído como por el cuerpo. No se usa todo el rato ni a todo volumen: se entra y se sale.

Las campanas y los instrumentos pequeños marcan el cierre. Son agudos y breves, y cumplen una función muy práctica: avisar al cuerpo de que se vuelve, para que nadie se levante de golpe.

En Kundalini el sonido no es un adorno. El trabajo con la voz y con la vibración está en el centro de la práctica, como cuento al explicar los mantras sin misticismo.

Cada instrumento tiene su trabajo. Ninguno está ahí de decorado.

Quién debería pensárselo dos veces

Casi todo el mundo puede hacer un baño de sonido. Pero por responsabilidad, tres avisos que no me voy a saltar:

  • Con epilepsia, consúltalo antes con tu médico. Los estímulos sonoros sostenidos no son recomendables en todos los casos.
  • Con hiperacusia o mucha sensibilidad al sonido, avísame antes y te coloco lejos del gong. Se puede hacer, pero con la distancia adecuada.
  • En el primer trimestre de embarazo, el criterio habitual es no ponerse cerca del gong. No hay que renunciar a la sesión. Sí a la primera fila.

Y una recomendación práctica que no es un aviso médico: no vengas con una comida pesada encima ni con prisa por salir corriendo después. Se aprovecha muchísimo peor.

Qué pasa esa noche

Lo que más se repite no ocurre en la sala. Ocurre unas horas después: se duerme distinto.

Tiene sentido. Lo que llamamos insomnio muchas veces no es un problema de sueño. Es un sistema nervioso que lleva todo el día encendido y no encuentra el interruptor.

Escribí sobre esto en dormir mejor con yoga, y el baño de sonido es una de las vías más rápidas que conozco para llegar ahí sin técnica previa.

No es magia. Es que has pasado cuarenta minutos sin resolver absolutamente nada.

Dónde probarlo cerca de Donostia

En una sesión suelta el efecto está bien, pero se queda en «qué a gusto me he quedado».

Donde el sonido rinde de verdad es dentro de una práctica sostenida. Cuando el cuerpo ya viene trabajado del yoga de la mañana. Y cuando no tienes que volver corriendo a casa después.

Por eso en el retiro del puente de octubre hay baños de sonido con cuencos y gong cada día, en la sala de vigas de un caserío del siglo XVI en Aralar, a cuarenta minutos de Donostia.

Tumbada, tapada con una manta y sin nada que hacer después. Que es medio secreto del asunto.

Preguntas frecuentes sobre los baños de sonido

¿Qué es un baño de sonido?

Es una sesión de relajación en la que te tumbas y escuchas cuencos, gong y otros instrumentos durante unos cuarenta minutos, sin hacer ninguna práctica activa. El sonido continuo facilita la entrada en relajación profunda.

¿Qué se siente exactamente en un baño de gong?

Lo más habitual es pesadez corporal, sensación de hundirse en el suelo y un estado intermedio entre vigilia y sueño. El gong se percibe también físicamente en el pecho. Al terminar suele haber torpeza y pocas ganas de hablar.

¿Los baños de sonido curan algo?

No. Hay evidencia modesta de que reducen la tensión percibida, la ansiedad y el ánimo bajo justo después de la sesión, pero no sustituyen ningún tratamiento médico ni curan enfermedades. Desconfía de quien lo prometa.

¿Hay que saber meditar para venir?

No, y suele funcionar especialmente bien con quien no sabe o no puede meditar. No requiere concentración voluntaria: el sonido sostiene la atención por ti.

¿Puedo hacer un baño de sonido estando embarazada?

En general sí, pero el criterio habitual durante el primer trimestre es mantenerse lejos del gong. Avisa siempre antes de la sesión para colocarte a la distancia adecuada.

¿Cuánto dura una sesión de cuencos y gong?

Entre treinta y cincuenta minutos de sonido, más unos minutos de entrada y de vuelta. Conviene no tener prisa inmediatamente después: se sale despacio.

Glosario — términos de este artículo

Baño de sonido: sesión de escucha pasiva, tumbada, con cuencos y gong. No es un concierto ni una terapia médica: es una vía de acceso a la relajación profunda sin técnica previa.

Gong: disco metálico de gran tamaño cuyo sonido es denso y cambiante. Se percibe por el oído y por el cuerpo, y es el instrumento que produce las experiencias más intensas de la sesión.

Cuenco tibetano: recipiente metálico que al frotarse o golpearse emite una nota sostenida. Se usa al principio de la sesión para que la relajación se instale sin sobresaltos.

Cuenco de cuarzo: versión de cristal, de sonido más puro y agudo que el metálico. Ni mejor ni peor: distinto timbre.

Relajación profunda: estado en el que la actividad muscular y mental baja notablemente sin llegar al sueño. Es el territorio al que apunta el baño de sonido.

Hiperacusia: sensibilidad aumentada a los sonidos cotidianos. Quien la tiene puede participar, pero debe colocarse lejos del gong y avisar antes.

Savasana: postura de relajación tumbada boca arriba. Es la posición en la que se recibe el baño de sonido y, para mucha gente, el momento más revelador de cualquier práctica.

Vibración: en el trabajo con sonido, la parte del estímulo que no se oye sino que se nota en el cuerpo. Explica por qué el gong se siente en el pecho y no solo en los oídos.

Mantra: sonido o frase que se repite en la práctica. Comparte con el baño de sonido el principio de fondo: dar a la mente algo continuo a lo que agarrarse.

Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa

Si has leído hasta aquí, te pica la curiosidad. Y la curiosidad es un motivo perfectamente válido para probar.

El retiro del 9 al 12 de octubre en Aralar incluye baños de sonido diarios, y tienes el programa completo aquí: retiro de yoga en Navarra, 9-12 de octubre. Grupo pequeño; cuando se llena, se cierra.

Y si prefieres empezar por una de mis clases normales, escríbeme: «SONIDO» y te digo cuándo es la próxima sesión con gong en Donostia.

Solo tienes que tumbarte. De lo demás me encargo yo.

— Isabel

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Tres días para bajar de revoluciones

Del 9 al 12 de octubre, en un caserío del siglo XVI al pie de las peñas de Aralar, a media hora de Donostia. Yoga, montaña y ningún sitio al que llegar corriendo.

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Ir sola a un retiro de yoga: lo que de verdad pasa (y por qué a las tres horas da igual)

Ir sola a un retiro de yoga: lo que de verdad pasa (y por qué a las tres horas da igual)

El mensaje me llega siempre con la misma estructura.

Primero el deseo: «Isabel, me encantaría ir al retiro».

Después el pero: «pero es que iría sola».

Y al final, la disculpa: «ya sé que es una tontería».

No es una tontería.

Es la razón número uno por la que alguien que quiere ir a un retiro acaba no yendo. Por delante del dinero. Por delante de las fechas.

Así que vamos a hablarlo en serio. Sin «¡anímate, mujer!», que eso no ha convencido a nadie jamás.

No te asusta el retiro. Te asustan tres momentos

Cuando me dices «me da cosa ir sola», casi nunca me estás hablando de estar sola.

Me hablas de tres escenas concretas. Las nombro, porque nombrar desactiva.

La llegada. Aparcar, bajar con la bolsa y empujar la puerta de una casa donde crees que todas se conocen desde el colegio.

La comida. Mesa larga, gente hablando, y tú calculando dónde sentarte. Para mucha gente esto es peor que la llegada.

El rato libre. Esa hora de la tarde en la que todo el mundo parece tener con quién estar y tú te vas al porche con un libro que no estás leyendo.

Mira bien las tres. En ninguna aparece el yoga.

No te da miedo la esterilla. Te da miedo el comedor. Y eso se desmonta con información, no con ánimos.

Más de la mitad del grupo viene sola

Este es el dato que lo cambia todo.

En los retiros que organizo, más de la mitad del grupo viene sola.

Lo repito porque es lo que más alivio produce de todo el artículo: más de la mitad.

No eres la rara que se cuela en una pandilla de toda la vida. Eres la mayoría.

La foto mental que te has montado —grupo consolidado, tú de intrusa— es falsa casi siempre. Lo que hay de verdad es un aparcamiento con cuatro o cinco personas mirando el móvil, respirando hondo y pensando exactamente lo mismo que tú.

Tu miedo viene muy acompañado.

El viernes por la tarde, minuto a minuto

Te lo cuento tal cual ocurre. Lo desconocido asusta más que lo incómodo.

Llegas entre las seis y las siete. No hay acto de presentación con todo el mundo mirando. Dejas la bolsa, eliges cama y das una vuelta por la casa. La gente entra en goteo, así que nadie te recibe como a la última.

A las siete, gong de bienvenida. Y aquí está el truco que lo resuelve casi todo: la primera actividad conjunta no es hablar.

Es tumbarse en el suelo, taparse con una manta y cerrar los ojos.

Cuarenta minutos con el grupo sin sostener una sola conversación. Cuando te levantas, ya habéis hecho algo juntas.

A las ocho, cena. Y a esas alturas la mesa ya no es de desconocidos. Es de gente que acaba de salir del mismo sitio. El tema viene puesto de fábrica: «¿tú habías hecho esto antes?».

A las diez y media, la mayoría a dormir. No hay sobremesa infinita que aguantar por educación. Si estás cansada te acuestas y nadie lo interpreta.

Ese es todo el trance: unas horas de viernes.

Por qué a las tres horas deja de importar

Hay un motivo estructural, y no es que la gente sea maja.

En la vida normal, conocer a alguien exige hacer algo rarísimo: acercarte y hablar sin motivo.

En un retiro eso no hace falta, porque compartes actividad todo el rato.

Te sientas al lado de alguien en la práctica. Caminas a su ritmo en el monte. Le pasas el agua en la comida.

La conversación aparece sola. Y aparece de lado: sin mirarse a la cara, mientras se hace otra cosa. Que es exactamente como habla la gente a la que le cuesta hablar.

Añade que el móvil casi no se usa y que nadie sabe a qué te dedicas.

Entonces pasa algo que cuesta explicar hasta que lo ves: la conversación se salta el relleno.

El domingo estás contándole a una mujer a la que conociste el viernes cosas que no le has contado a gente que ves cada semana.

Sobre esto he escrito otras veces, porque en clase ocurre igual: la comunidad cambia más que la técnica.

Se hace grupo haciendo, no hablando.

La cama: la pregunta que casi nadie hace en voz alta

Vamos a la parte incómoda, que si no este artículo no vale de nada.

El alojamiento es en habitación compartida. Y esto es lo que frena de verdad muchas reservas, aunque se diga con otras palabras.

Te cuento cómo funciona.

Las habitaciones son pequeñas: de dos, de tres, de cuatro. Y no se reparten por sorteo. Se hablan antes.

Si me dices que duermes fatal, que roncas, que necesitas ventana o que prefieres compartir con alguien de tu edad, lo cuadro yo. Es una casa entera para un grupo pequeño, no un albergue en agosto.

¿Y si aun así la idea te bloquea? Hay habitación individual con suplemento. Se pide al reservar y listo.

Preferir dormir sola no te hace complicada. Te hace alguien que sabe lo que necesita, que es justo lo que venimos a practicar. De eso va, en el fondo, poner límites sin culpa.

Pedir lo que necesitas también forma parte del retiro.

«Es que además nunca he hecho yoga»

Esta suele venir pegada a la anterior, como refuerzo de la excusa.

Y se cae todavía antes.

En un retiro no hay nivel. No hay fila de delante para las buenas. Nadie mira lo que hace la de al lado, entre otras cosas porque la mitad del tiempo tenemos los ojos cerrados.

Todo va con variantes. Hay una sesión entera en silla. Y si un día no te apetece bajar a la esterilla, no bajas.

Si quieres perderle el respeto del todo antes de octubre, ven a tu primera clase un martes cualquiera en Donostia y lo compruebas en una hora. Los horarios están en la página de clases.

Pero no lo necesitas. Gente que se estrena en el retiro hay en todos.

Lo que sí te vas a encontrar (y no siempre es cómodo)

No te voy a vender una postal. Va también la otra cara.

Vas a tener un rato de bajón. Suele caer el sábado a media tarde, cuando el cuerpo se afloja y la cabeza se queda sin ruido. Es normal y se pasa.

Vas a echar de menos tu casa un rato. También normal.

Y no vas a conectar con todo el mundo. En un grupo de doce habrá dos con las que hables mucho, seis con las que hables a ratos y alguna con la que no.

Como en cualquier sitio. Como en tu propia familia, vamos. No es un fracaso.

Lo que no te va a pasar, y esto te lo firmo, es quedarte sentada sola sin que nadie te dirija la palabra. En un grupo pequeño no hay sitio para que eso ocurra.

Un retiro no te quita los ratos raros. Te da un lugar tranquilo donde tenerlos.

Lo que me dicen el lunes, al despedirse

En agosto vino una mujer de cincuenta y cuatro años, de Gros. Se apuntó en junio y me escribió tres veces antes para asegurarse de que no era la única que iba sin compañía.

El viernes llegó la última. Con la bolsa todavía en el coche, por si acaso.

El lunes, en la puerta, me dijo esto: «Llevaba veinte años sin comer tres días seguidos con gente a la que no tengo que cuidar».

Veinte años. Y lo soltó sin dramatismo, secándose las manos en el pantalón.

Esa frase es la que me viene a la cabeza cada vez que alguien me escribe «es que iría sola».

Hay otras dos que se repiten en cada edición.

«Pensaba que me iba a sentir rara y se me olvidó a la media hora».

«He hablado más en tres días que en tres meses».

La vergüenza dura más o menos lo que tarda en sonar el primer gong.

Si te lo estás pensando para octubre

El retiro es del 9 al 12 de octubre, el puente, en un caserío del siglo XVI en Aralar. A cuarenta minutos de Donostia.

Grupo pequeño. Práctica diaria. Sesión en silla. Baños de sonido. Monte. Pensión completa con producto de la huerta de la casa.

Tienes el programa entero, el horario y el precio desglosado en la página del retiro del 9 al 12 de octubre.

Y si vas a venir sola, dímelo al reservar. No para tratarte distinto: para colocarte bien en la habitación y presentarte a alguien el viernes, antes de cenar.

Con eso basta. De verdad.

Preguntas frecuentes sobre ir sola a un retiro

¿Es raro ir sola a un retiro de yoga?

No. En la mayoría de retiros, más de la mitad del grupo viene sola. La imagen del grupo de amigas ya formado en el que te cuelas es, casi siempre, falsa.

¿Con quién voy a comer si no conozco a nadie?

Se come en una mesa común y siempre después de una actividad compartida. La conversación viene dada por lo que acabáis de hacer, así que no hay que inventar un tema desde cero.

¿Voy a tener que dormir con desconocidas?

El alojamiento es en habitación compartida, en cuartos pequeños de dos, tres o cuatro personas. El reparto se habla antes, no se sortea. Y hay habitación individual con suplemento si lo pides al reservar.

¿Y si soy muy reservada y no me apetece socializar todo el rato?

No pasa nada. Las actividades no son obligatorias y hay ratos libres de verdad. Se puede estar en silencio en un retiro sin que nadie lo interprete como un problema.

¿Necesito experiencia en yoga para ir sola a un retiro?

No. Toda la práctica va con variantes adaptadas y hay una sesión entera de yoga en silla. En cada retiro hay gente que se estrena.

¿Cómo sé si un retiro es adecuado para alguien que va sola?

Mira tres cosas: que el grupo sea pequeño, que haya actividades compartidas desde el primer día y que el reparto de habitaciones se hable antes. Con esas tres, ir sola deja de ser un problema.

Glosario — términos de este artículo

Ir sola: acudir a un retiro sin acompañante conocido. En la práctica es la situación mayoritaria y no la excepción; la incomodidad se concentra en las dos primeras horas.

Grupo pequeño: entre ocho y quince personas. Es el tamaño que permite que nadie quede fuera de la conversación y que la profesora conozca a cada participante.

Habitación compartida: alojamiento en cuartos de dos a cuatro plazas. La clave no es compartir, sino que el reparto se acuerde previamente atendiendo a descanso, ronquidos y preferencias.

Suplemento de individual: importe adicional por dormir sola. Pedirlo es una decisión legítima de autocuidado, no una exigencia.

Gong de bienvenida: primera actividad conjunta del retiro. Al ser una práctica silenciosa, permite integrarse en el grupo sin tener que sostener una conversación.

Rato libre: franja sin actividad programada. Es el momento que más inquieta antes de llegar y el que más se agradece una vez dentro.

Convivencia breve: régimen de tres o cuatro días compartiendo horario, mesa y práctica. Acelera la confianza porque elimina la necesidad de iniciar conversaciones desde cero.

Yoga en silla: práctica adaptada que se realiza sentada. Garantiza que nadie quede fuera por condición física, edad o falta de experiencia.

Savasana: relajación final tumbada. Para quien llega con vergüenza es un alivio: se está con el grupo sin tener que mirar ni ser mirada.

Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa

Si lo único que te separa del retiro es que irías sola, ya sabes lo que pienso.

Es el motivo más común de todos. Y el que menos aguanta el contacto con la realidad.

No vas a un sitio a estar sola. Vas a un sitio donde, por una vez, no tienes que ocuparte de nadie.

Tienes el programa completo aquí: retiro de yoga en Aralar, 9-12 de octubre de 2026. El grupo es pequeño y la casa se reserva entera: cuando se llena, se cierra.

Y si prefieres escribirme antes y preguntarme lo que no te atreves a preguntar en público, hazlo.

Escríbeme: “VOY SOLA”.

Vienes sola el viernes. El lunes ya no vuelves sola.

— Isabel

Retiro de otoño · Plazas limitadas

Tres días para bajar de revoluciones

Del 9 al 12 de octubre, en un caserío del siglo XVI al pie de las peñas de Aralar, a media hora de Donostia. Yoga, montaña y ningún sitio al que llegar corriendo.

9–12 de octubre330 € · todo incluido

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Qué es un retiro de yoga y para quién es (guía honesta, sin postales)

Qué es un retiro de yoga y para quién es (guía honesta, sin postales)

La palabra «retiro» tiene un problema de imagen.

Suena a monasterio. A silencio obligatorio, comida triste y alguien hablando muy bajito de la energía.

Lo entiendo. A mí también me echaría para atrás.

Así que vamos a lo concreto. Qué es de verdad. Qué se hace hora a hora. Cuánto cuesta. Y para quién no es, que me parece la parte más útil de todo esto.

Si terminas de leer y piensas «pues no es lo mío», el artículo habrá funcionado igual de bien.

Un retiro es, básicamente, cambiar de sitio

Quítale la envoltura y queda esto: te vas unos días a un sitio donde el horario ya está puesto, practicas yoga dos veces al día y comes lo que te ponen.

Eso es todo. No hay más misterio.

Lo que lo diferencia de un fin de semana en un hotel rural no es la esterilla. Es el conjunto.

No cocinas. No organizas. No negocias el plan con nadie. No contestas correos. No decides a qué hora se come.

Durante tres días dejas de ser la que coordina.

Y esa es, para muchísima gente, la parte que más descansa. No el yoga: no tener que decidir.

Por qué tres días hacen algo que un domingo no hace

La pregunta es legítima. Si lo que necesito es descansar, ¿no me vale con quedarme en casa el finde?

No del todo. Y tiene explicación.

Llevas meses en modo alerta. Trabajo, casa, gente que depende de ti. Tu sistema nervioso ha aprendido a encenderse rápido y a no apagarse nunca del todo.

El sofá con el móvil en la mano no lo apaga. Sigues recibiendo cosas, sigues resolviendo mentalmente, sigues en la misma casa con las mismas listas pendientes a la vista. Es como intentar dormir con la tele encendida y luego decir que has descansado.

Cambiar de sitio con horario ajeno hace otra cosa.

El primer día el cuerpo sigue acelerado. El segundo empieza a fiarse. El tercero es cuando pasa lo interesante: duermes de un tirón, comes con hambre de verdad y te das cuenta de que llevas horas sin mirar el teléfono.

A ese punto un domingo no llega. No le da tiempo.

De esto escribí largo cuando conté qué significa desconectar de verdad y por qué tirarse en el sofá no es descansar.

Tres días no son un lujo. Son el mínimo para que el cuerpo se lo crea.

Qué se hace exactamente, hora a hora

Te cuento el mío, que es el que conozco por dentro.

Se practica dos veces al día. Una sesión por la mañana, más activa. Otra suave por la tarde o antes de cenar. En Kundalini cada sesión es una kriya: una secuencia entera con un efecto concreto, no posturas sueltas puestas en fila.

Hay una sesión en silla. Para quien llega con la espalda delicada, una rodilla que protesta o simplemente prefiere no bajar al suelo el primer día. No es la versión fácil. Es la versión adaptada.

Se medita poco rato y guiada. Nada de cuarenta minutos de silencio el viernes por la noche. Meditaciones cortas que luego puedas repetir en tu casa un martes cualquiera.

Hay baño de sonido. Cuencos y gong, tumbada y tapada con una manta. Es lo que más gente describe después con la misma frase: «no había sentido eso nunca».

Se camina. Al monte, sin ritmo de entrenamiento, a ratos en silencio. Se camina, no se escala.

Se come bien y despacio. Pensión completa, casera, con verdura de la huerta de la propia casa. Sin ayunos, sin dietas, sin misterios.

Y hay ratos libres. Media jornada, de hecho. El porche, un libro, una siesta, una conversación larga con alguien a quien no conocías el viernes.

Eso último no sale en ningún cartel. Y es de lo que más se agradece.

Lo que un retiro no es

Esto hay que decirlo, porque el marketing del sector ha hecho bastante daño.

No es una terapia. Vas a salir mejor, casi seguro. Pero un retiro no sustituye a un psicólogo ni resuelve un duelo, una depresión o un conflicto de pareja. Si estás en medio de algo grande, un retiro acompaña. No cura.

No es un curso. No sales sabiendo dar clase ni con un diploma debajo del brazo.

No es una prueba física. No hay nivel mínimo, no se compite y nadie mira si llegas al suelo con las manos.

No es una desintoxicación digital militante. Nadie te va a quitar el móvil. Lo que pasa es que se te olvida mirarlo, que es distinto y funciona mucho mejor.

Prometer menos y cumplirlo. Esa es toda mi política.

Para quién no es (y lo digo en serio)

Aquí voy a ser más directa de lo que se estila.

No es para quien va a que le arreglen la vida en tres días. Vuelve decepcionado. Siempre.

No es para quien no soporta la vida en grupo. Se come, se camina y se practica en compañía, y no hay manera de esquivarlo.

No es para quien va obligado por otra persona. Eso se nota el viernes a las siete de la tarde, y lo pasa mal el resto del fin de semana.

Y no lo recomiendo si vienes de una semana imposible y piensas traerte el portátil. Un retiro a medias es dinero tirado. O entras, o no entras.

Para todo el resto —incluida la gente que no ha pisado una esterilla en su vida, que es mucha más de la que imaginas— funciona bastante bien.

Si nunca has hecho yoga, ¿es este el sitio?

Sí. Y te diría que mejor que una clase suelta.

En una clase de una hora entras, lo haces como puedes y te vas corriendo a por los niños o al trabajo.

En un retiro te da tiempo. A que se te pase la vergüenza del primer día. A preguntar sin sentirte tonta. A repetir la práctica varias veces hasta que el cuerpo la reconoce.

La objeción que más escucho es siempre la misma: «es que yo no soy nada flexible».

Ya. La flexibilidad no es el requisito de entrada; es, con suerte, la consecuencia. Es como decir que no puedes apuntarte al gimnasio porque no tienes músculo.

Por eso escribí unas cuantas cosas que nadie te dice antes de empezar.

Nadie llega sabiendo. Nadie.

La parte que no te esperas: la gente

Esto lo veo en todos los retiros y no aparece en ningún folleto.

Llegas el viernes pensando en ti. Tu descanso, tu práctica, tu cabeza.

Y el domingo resulta que lo que más te ha movido fue una conversación en la mesa con una mujer a la que no habías visto en tu vida, que trabaja en otra cosa y en otro sitio, y que dijo en voz alta algo que tú llevabas meses pensando en voz baja.

Una alumna de 51 años, con dos hijas adolescentes y un puesto de responsabilidad en una empresa de Donostia, vino al retiro convencida de que iba a lo suyo. El domingo, recogiendo la esterilla, me dijo: «Llevo tres días sin decidir nada y resulta que el mundo ha seguido girando sin mí.»

Lo dijo riéndose. Pero no era broma del todo.

No es casualidad. Cuando compartes horario, comida y silencio durante tres días, la conversación se salta la parte superficial de golpe.

De eso hablé cuando conté que la comunidad cambia más que la técnica. Lo sigo pensando.

Cuánto cuesta y qué mirar antes de reservar

En el norte de España, tres noches en pensión completa se mueven entre los 300 y los 600 euros.

Lo que marca la diferencia no es el lujo. Es qué incluye.

Antes de reservar cualquier retiro —el mío o el de quien sea— yo miraría cuatro cosas:

  1. Que el precio sea cerrado. Que no haya actividades que se pagan aparte una vez estás allí.
  2. Quién da las clases y si está en todas. Hay retiros donde la profesora del cartel aparece en la bienvenida y ya no la vuelves a ver.
  3. Cuánta gente sois. Treinta personas no es la misma experiencia que diez. No es peor: es otra cosa.
  4. Cómo es el alojamiento, dicho sin eufemismos. Si es habitación compartida, que lo ponga claro y no en la letra pequeña.

Un buen retiro no te esconde nada antes de que pagues.

El que yo organizo, por si te encaja

Del 9 al 12 de octubre, el puente, en un caserío del siglo XVI en Aralar. A cuarenta minutos de Donostia.

Práctica diaria, sesión en silla, meditaciones, baños de sonido con cuencos y gong, monte y pensión completa con producto de la huerta de la casa.

Grupo pequeño. Y yo en todas las sesiones, no solo en la foto del cartel.

Tienes el programa completo, el horario, el precio desglosado y las dudas reales contestadas en la página del retiro de tres días en Aralar, del 9 al 12 de octubre.

Preguntas frecuentes sobre los retiros de yoga

¿Qué es exactamente un retiro de yoga?

Son unos días fuera de casa, con horario cerrado, en los que se practica yoga a diario, se medita, se come en grupo y no tienes que organizar nada. Lo esencial no es la esterilla: es cambiar de entorno el tiempo suficiente para que el cuerpo baje de revoluciones.

¿Puedo ir si no he practicado yoga nunca?

Sí. Los retiros bien planteados adaptan toda la práctica y tienen variantes para principiantes, incluidas sesiones en silla. De hecho es un buen primer contacto, porque tienes tiempo de perder la vergüenza y de repetir.

¿Cuánto dura un retiro de yoga?

Lo habitual es de dos a cuatro noches. Tres noches es el formato más común porque da tiempo a que el sistema nervioso cambie de ritmo, cosa que en una sola noche no ocurre.

¿Qué hay que meter en la maleta?

Ropa cómoda para practicar, calzado para caminar por monte, algo de abrigo y una botella de agua. Las esterillas y las mantas suele ponerlas la casa; conviene confirmarlo al reservar.

¿Se puede ir sola?

Sí, y es más frecuente de lo que parece: en casi todos los retiros viene gente sola. Al compartir comidas, caminatas y práctica, el grupo deja de ser desconocido el primer día.

¿Hay retiros de yoga cerca de Donostia?

Sí. En Gipuzkoa y en Navarra hay varias opciones a menos de una hora en coche. El que yo organizo es del 9 al 12 de octubre de 2026 en Aralar, Navarra, a unos cuarenta minutos de San Sebastián.

Glosario — términos de este artículo

Retiro de yoga: estancia de varios días con horario cerrado, práctica diaria y convivencia en grupo. Su efecto no viene solo de la práctica, sino de la retirada temporal de decisiones y estímulos.

Kriya: secuencia completa de posturas, respiración y meditación diseñada para un efecto concreto. Es la unidad de trabajo del Kundalini Yoga: no se improvisa ni se mezcla al gusto.

Baño de sonido: sesión en la que se escuchan cuencos y gong tumbada y tapada. El sonido continuo facilita el paso a un estado de relajación profunda sin esfuerzo voluntario.

Baño de bosque: caminata lenta y consciente por el monte, sin objetivo deportivo. Viene del shinrin-yoku japonés y busca la atención sensorial, no los kilómetros.

Pensión completa: todas las comidas incluidas en el precio. En un retiro es parte del método: no cocinar ni decidir el menú es una de las cosas que más descansan.

Sistema nervioso autónomo: la parte del sistema nervioso que regula lo que no controlas voluntariamente. Tiene una rama de activación y otra de recuperación; el problema habitual no es activarse, es no volver.

Yoga en silla: práctica adaptada que se realiza sentada o con apoyo. Permite trabajar respiración, movilidad y meditación a quien tiene limitaciones físicas o prefiere empezar sin bajar al suelo.

Sadhana: práctica personal sostenida en el tiempo. En un retiro se prueba; en casa es donde se convierte en hábito.

Grupo pequeño: en retiros, entre ocho y quince personas. Por encima de ese número la profesora deja de poder corregir individualmente y la experiencia cambia de naturaleza.

Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa

Si has llegado hasta aquí, algo de curiosidad hay. Y la curiosidad es un motivo perfectamente válido.

El retiro del puente de octubre —del 9 al 12, en Aralar— tiene el programa entero explicado aquí: retiro de yoga en Navarra, 9-12 de octubre de 2026. El grupo es pequeño y la casa se reserva entera, así que cuando se llena, se cierra.

Y si prefieres empezar por algo más pequeño, ven a una de mis clases y ya hablamos.

Escríbeme: «RETIRO OCTUBRE» o «PRIMERA CLASE», lo que te pida el cuerpo.

No hace falta que sepas. Solo que vengas.

— Isabel

Retiro de otoño · Plazas limitadas

Tres días para bajar de revoluciones

Del 9 al 12 de octubre, en un caserío del siglo XVI al pie de las peñas de Aralar, a media hora de Donostia. Yoga, montaña y ningún sitio al que llegar corriendo.

9–12 de octubre330 € · todo incluido

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Vuelta de vacaciones sin bajón: yoga y meditación para reentrar en septiembre (desde Donostia)

Es un domingo largo de finales de agosto. Ese en el que el verano todavía está aquí pero ya se le ve el final, y por dentro empieza un ruidito: los correos que se acumulan, el despertador que vuelve, la rutina que asoma. Se te encoge un poco el estómago sin motivo aparente.

A eso lo llamamos bajón posvacacional, y lo digo sin dramatizar: no es debilidad ni falta de gratitud. Es un cambio de ritmo que el cuerpo no ha tenido tiempo de amortiguar. Y se puede amortiguar mucho mejor de lo que crees.

Qué es el síndrome posvacacional (sin ponernos trágicos)

Es la reacción normal a pasar, de golpe, de un ritmo lento, luminoso y sin obligaciones a otro rápido, exigente y estructurado. El contraste es tan brusco que el sistema nervioso protesta: aparecen desgana, irritabilidad, mal dormir, esa ansiedad difusa de la vuelta.

Es pasajero y normal. Otra cosa distinta es una tristeza profunda que no se va: si notas eso, no lo tapes con yoga, habla con un profesional. Para el bajón corriente de la vuelta, en cambio, tienes herramientas. Muchas se parecen a las que uso en el yoga para el estrés.

El error clásico: pasar de cero a cien el 1 de septiembre

La mayoría desconecta del todo hasta el último día y luego pretende arrancar a pleno rendimiento el primer lunes. Es como frenar en seco y acelerar a fondo a la vez. Normal que el cuerpo chirríe.

La alternativa es una reentrada gradual: darle al sistema nervioso una rampa en lugar de un escalón.

Cómo usar la última semana de agosto para amortiguar el golpe

  • Recupera poco a poco los horarios de sueño, adelantándolos un rato cada día.
  • Retoma una práctica corta diaria: diez minutos de respiración y movimiento suave.
  • Baja el consumo de pantallas por la noche para que el descanso vuelva a su sitio.
  • Deja preparadas una o dos cosas del regreso, para que septiembre no sea un muro.

Si agosto todavía viene caluroso, adapta esa práctica corta como te conté en el yoga para el calor de agosto: horas frescas y suavidad.

Meditación para reentrar sin ansiedad (paso a paso)

  1. Siéntate erguida y toma tres respiraciones largas, soltando el aire despacio (1 min).
  2. Respiración larga con exhalación más larga que la inhalación, para calmar (2 min).
  3. Visualiza tu septiembre real, sin adornos ni catástrofes: solo tus días tal como serán (2 min).
  4. Elige una intención sencilla y sobria para la vuelta. Por ejemplo: «vuelvo con calma» (1 min).
  5. Termina con unas respiraciones neutras y abre los ojos despacio.

No se trata de motivarte con frases grandilocuentes. Se trata de mirar la vuelta de frente, sin agrandarla, y volver a ti antes de que empiece.

La alumna que temía septiembre

Cada verano, una alumna me contaba lo mismo: agosto le sabía a cuenta atrás y no disfrutaba de la última semana por miedo a la vuelta. El año pasado probó a hacer esta práctica breve los últimos siete días. En septiembre me dijo: «Volví cansada, pero no con angustia. Por primera vez la vuelta no me pilló de sorpresa.» No desapareció el trabajo. Desapareció el sobresalto.

Septiembre como reinicio, no como condena

Hay una manera menos amarga de mirar septiembre: como el momento del año en que más gente decide cuidarse. Retomar la práctica, volver a un grupo, recuperar hábitos. No es el final del verano. Es el mejor momento para empezar algo. Y hacerlo acompañada pesa la mitad —es justo lo que trabajamos en la comunidad de yoga. Si nunca has probado, empieza por entender qué es el Kundalini Yoga.

Preguntas frecuentes sobre la vuelta de vacaciones

¿Por qué me da bajón al volver de vacaciones?

Porque pasas de golpe de un ritmo lento y sin obligaciones a otro rápido y exigente. Ese contraste activa el sistema nervioso y produce desgana, mal dormir o ansiedad difusa. Es normal y pasajero.

¿Cuánto dura el síndrome posvacacional?

Suele durar unos días o un par de semanas y se va solo a medida que te readaptas. Una reentrada gradual y una práctica corta diaria lo acortan bastante.

¿Qué puedo hacer la última semana de agosto para prepararme?

Recuperar horarios de sueño poco a poco, retomar diez minutos diarios de respiración y movimiento, reducir pantallas de noche y dejar preparado algo del regreso.

¿El yoga ayuda con la ansiedad de la vuelta?

Sí. La respiración y la meditación regulan el sistema nervioso y reducen la ansiedad anticipatoria de la vuelta. No eliminan la carga de trabajo, pero cambian cómo la afrontas.

¿Cuándo debería preocuparme y pedir ayuda profesional?

Si el malestar es intenso, no mejora en semanas o incluye tristeza profunda, pérdida de interés o insomnio persistente, conviene consultarlo con un profesional. El yoga acompaña, pero no sustituye.

¿Cuándo empiezan las clases de yoga en septiembre en Donostia?

Retomamos la actividad al principio de septiembre en San Sebastián. Es un momento estupendo para volver o empezar, con grupos nuevos. Escríbeme y te cuento fechas.

Glosario — Términos de este artículo

  • Síndrome posvacacional: Malestar pasajero al volver de vacaciones por el cambio brusco de ritmo. Cursa con desgana, irritabilidad o ansiedad difusa.
  • Reentrada gradual: Volver a la rutina por una rampa, no por un escalón: recuperar horarios y práctica poco a poco durante la última semana.
  • Ritmo circadiano: Reloj interno del sueño y la energía. En verano se desajusta y conviene reajustarlo antes del regreso.
  • Regulación emocional: Capacidad de gestionar lo que sientes sin desbordarte. La respiración y la meditación la entrenan de forma directa.
  • Ansiedad anticipatoria: Malestar por algo que aún no ha pasado, como la vuelta al trabajo. Se calma mirando la situación real, sin agrandarla.
  • Intención (Sankalpa): Propósito sencillo y afirmativo que se planta al final de la práctica. Orienta la actitud con la que afrontas la vuelta.
  • Meditación breve: Sesión corta de atención enfocada. Basta con unos minutos diarios para amortiguar el bajón de la vuelta.
  • Higiene del sueño: Hábitos que favorecen un buen descanso: horarios regulares y menos pantallas de noche. Clave para reentrar sin arrastrarte.
  • Reencuadre: Cambiar la mirada sobre una situación. Ver septiembre como reinicio, y no como condena, reduce el malestar de la vuelta.
  • Constancia: Mantener una práctica pequeña pero regular. Es lo que sostiene la calma cuando la rutina aprieta de nuevo.

Y si septiembre ya te ha pasado por encima, en octubre hay puente. Del 9 al 12 me voy con un grupo a un caserío en Aralar, a media hora de Donostia, a bajar de revoluciones durante tres días.

Si estás en Donostia, San Sebastián o Gipuzkoa

Volver de vacaciones no tiene por qué doler. Con una reentrada gradual y unos minutos diarios de respiración y meditación, septiembre deja de ser un muro y pasa a ser un comienzo. Y empezar acompañada cuesta la mitad.

Si quieres retomar o empezar en septiembre en Donostia, este es el momento de reservar tu sitio.

Escríbeme: «VUELTA SIN BAJÓN»

Nos vemos en septiembre. Con calma.

— Isabel

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Tres días para bajar de revoluciones

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